PODEMOS estar finalizando el último verano en el paraíso, aquella Mariña que -decíamos desde Fitur- era «mágica por naturaleza». La presencia de grúas, vallas publicitarias, vídeos y anuncios de urbanizaciones son la antesala de cómo se transforma y se destruye un medio natural que hemos disfrutado.
Nos han descubierto. De tanto quejarnos del aislamiento, han reparado en nuestra existencia. Vieron nuestras playas y no les importa que el agua no alcance las temperaturas del Mediterráneo.
No sé si lograremos ver un TAV dónde hoy circula el romántico Feve. Pero, aun con el retraso de la autovía del Cantábrico, ya están aquí¿ Las moles de cemento y cristal con vocación de colmenas para seres humanos cansados del asfalto empiezan a dejarse ver entre atalayas y faros, ocupando dunas y acantilados.
Nos lo venden como desarrollo y riqueza. La casa de piedra que antes era lugar, hoy sólo representa un solar y una gestión en el ayuntamiento a la búsqueda de autorización que permita levantar un edificio en el que las viejas paredes de granito serán sustituidas por tabiques que permiten escuchar la respiración de un vecino encantado por haber logrado ser propietario de un zulo a precio de apartamento, siguiendo el modelo Benidorm de la España cañí que se financiaba con las divisas del turismo y el ahorro de los emigrantes.
Claro que, gracias al cambio, los concellos podrán enjugar deudas y sorprender al personal con más obra pública que mostrar a la hora de hacer balance en las próximas elecciones municipales.
A esta Mariña le llegó su hora. Un príncipe tenía que despertar a la doncella. Los ladrilleros saben que se puede comprar casi todo y que los representantes del pueblo, en el fondo, siguen soñando con pueblos parecidos a Marbella. Es una asignatura pendiente desde la adolescencia, cuando querían ser como aquellos modernos del anuncio del refresco.
Cuando volvamos el próximo verano, no será posible ver la mar desde dónde hoy la vemos. Habrá que pagar peaje al dueño del ático.
Quizá para entonces los alcantarillados nos resistan el crecimiento de las tuberías, y al sonido del viento y del mar, que no deja dormir a más de un guiri, le sustituirá el sonido del tubo de escape del hortera con pretensiones.
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Edificios en estado de abandono tanto dentro del núcleo de las poblaciones mariñanas como en sus aldeas. Segundas viviendas en nuevas edificaciones y no se rehabilita lo existente.
Creo q el autor de este escrito es la persona menos indicada para dar lecciones de urbanismo dado que tiene su domicilio en uno de los edificios más polémicos de San Ciprián cuestionado desde el punto de vista urbanístico por los vecinos y por la justicia